noviembre 16, 2009

Declaración de Lima (VIII Conferencia Internacional Americana)

VIII CONFERENCIA INTERNACIONAL AMERICANA[1]
[9 al 27 de Diciembre de 1938]

DECLARACIÓN DE LIMA
Declaración de los Principios de la Solidaridad de América
[24 de Diciembre de 1938]

La Octava Conferencia Internacional Americana;
CONSIDERANDO:
Que los pueblos de América han alcanzado la unidad espiritual debido a la similitud de sus instituciones republicanas, a su inquebrantable anhelo de paz, a sus profundos sentimientos de humanidad y tolerancia y a su adhesión absoluta a los principios del Derecho Internacional, de la igualdad en la soberanía de los Estados y de la libertad individual sin prejuicios religiosos o raciales;
Que basándose en dichos principios y anhelos, persiguen y defienden la paz del Continente y colaboran unidos en pro de la concordia universal;
Que el respeto a la personalidad, soberanía e independencia de cada Estado americano constituye la esencia del orden internacional amparado por la solidaridad continental, manifestada históricamente y sostenida por declara­ciones y tratados vigentes;
Que la Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz, celebrada en Buenos Aires, aprobó el 21 de diciembre de 1936 la declaración de princi­pios sobre solidaridad y cooperación interamericanas, y el 23 de diciembre de 1936 el Protocolo de No-Intervención;
LOS GOBIERNOS DE LOS ESTADOS AMERICANOS DECLARAN:
1º.- Que reafirman su solidaridad continental y su propósito de colaborar en el mantenimiento de los principios en que se basa dicha solidaridad.
2°.-Que fieles a los principios antes enunciados y a su soberanía absoluta, reafirman su decisión de mantenerlos y defenderlos contra toda intervención o actividad extraña que pueda amenazarlos.
3°.-Y que para el caso de que la paz, la seguridad o integridad territorial de cualquiera de las Repúblicas Americanas se vea así amenazada por actos de cualquier naturaleza que puedan menoscabarlas. proclaman su interés común y su determinación de hacer efectiva su solidaridad, coordinando sus respectivas voluntades soberanas mediante el procedimiento de consulta que establecen los convenios vigentes y las declaraciones de las Conferencias Interamericanas, usando los medios que en cada caso aconsejen las circun­stancias. Queda entendido que los Gobiernos de las Repúblicas Americanas actuarán independientemente en su capacidad individual, reconociéndose ampliamente su igualdad jurídica como Estados soberanos.
4°.-Que para facilitar las consultas que establecen este y otros instru­mentos americanos de paz, los Ministros de Relaciones Exteriores de las Repúblicas Americanas celebrarán, cuando lo estimen conveniente ya iniciativa de cualquiera de ellos, reuniones en las diversas capitales de las mismas, por rotación y sin carácter protocolar. Cada Gobierno puede en circunstancias o por razones especiales designar un representante que sustituya a su Ministro de Relaciones Exteriores.
5º.- Esta declaración se conocerá como “DECLARACIÓN DE LIMA”
(Aprobada el 24 de diciembre de 1938)

[1] El 2 de agosto de 1938 el Gobierno del Perú invitó a los Gobiernos de Bolivia, Ecuador, Uruguay, Honduras, Nicaragua, Cuba, Costa Rica, Haití, Estados Unidos de América, Paraguay, El Salvador, Chile, México, Panamá, República Dominicana, Argentina, Guatemala, Colombia, Vene­zuela y Brasil, para que se hicieran representaren la Octava Conferencia Internacional que, conforme a la resolución aprobada por la Conferencia de Montevideo, se debía realizar en Lima, en la fecha que fijara el Gobierno Peruano. Este resolvió, de acuerdo con el Consejo Directivo de la Unión Panamericana, que la inauguración se realizara el 9 de diciembre. Aceptada la invitación, los veintiún Estados americanos acreditaron sus Delegaciones.
Dado el fracaso de su estrategia de postergación, el canciller argentino José María Cantilo optó por no concurrir personalmente a Lima para evitar un choque directo con Hull. No obstante, no resistió la tentación de inaugurar la conferencia, aprovechando que Hull aún no había llegado. El discurso de Cantilo, aunque tuvo alguna referencia al compromiso sobre la unidad hemisférica, fue la más apasionada defensa de los vínculos con Europa y la más clara refutación del deseo norteamericano de construir mecanismos de solidaridad continental, como puede apreciarse en sus palabras: “La solidaridad americana, señores, es un hecho que nadie pone ni puede poner en duda. Todos y cada uno de nosotros estamos dispuestos a sostener y aprobar esa solidaridad frente a cualquier peligro, que venga de donde viniera, amenazara la independencia o la soberanía de cualquier Estado de esta parte del mundo. No necesitamos para ello de pactos especiales. El pacto ya está hecho en nuestra historia. Actuaríamos con un solo e idéntico impulso, borradas las fronteras y con una sola bandera para todos: la de la libertad y la de la justicia. (...) Pero la Argentina cree que cada pueblo americano con fisonomía inconfundible debe desarrollar su propia política sin olvidar por ello la magna solidaridad continental ni la gravitación natural de intereses recíprocos que se agrupan por razones geográficas. (...) Vale decir que nuestra solidaridad continental no puede ser excluyente de la que nos une al resto del género humano y que no podemos desinteresarnos de lo que ocurre fuera de América. La Argentina no lo hizo ni lo hará, no sólo por razones de orden económico, sino por imposiciones históricas y de carácter sentimental.”
La delegación argentina quedó en manos de Isidoro Ruiz Moreno, a quien Cantilo ordenó que no se comprometiera a ningún acuerdo sin consultarlo previamente. El abandono de la conferencia por parte de Cantilo hizo pensar a Hull que el canciller argentino intentaba boicotear la reunión. Antes de su partida, Cantilo hizo una declaración a un periodista que exhibía claramente la posición argentina: “El señor Hull parece motivado por lo que pasa afuera de este continente (...). Yo lo estoy por América misma. Yo digo que nuestro deber es seguir adelante, construyendo a la vida americana con espíritu americano. Cuando una nación de afuera realmente nos amenace, entonces llegará el momento de actuar (...). Lo que sí pienso es que América debiera unirse sólidamente tras su propio desarrollo. Nuestro programa debiera formularse no porque tenemos a un enemigo de afuera, sino porque queremos una América fuerte (...). Los Estados Unidos no nos compran prácticamente nada. ¿Cómo podemos olvidar a los pueblos que dan vida a nuestra nación y compran nuestros productos?”
Las dos últimas oraciones de su declaración eran sumamente elocuentes de la disyuntiva que enfrentaba la política exterior argentina en esa época.
Por su parte, el representante norteamericano, Cordell Hull, insistió en un acuerdo que asegurara la unidad de las Américas contra cualquier amenaza proveniente de Europa. La situación en el viejo continente era por cierto angustiante. Las tropas de Hitler habían incorporado a Alemania, en mayo de ese año, Austria y los Sudetes checoslovacos. Tras días de estancamiento, Estados Unidos obtuvo en Lima el respaldo para mantener un frente regional unido, aunque no en los términos deseados.
El resultado concreto de la conferencia fue el documento conocido como "Declaración de Lima". sancionado unánimemente en vísperas de la Navidad de 1938.

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